“Cuando pensé que los estaba salvando
(vaya visión antropocéntrica la mía)
Me di cuenta que en realidad,
ellos me salvaron a mí”.
Fue con ellos que aprendí muchas cosas. De esas que en el colegio o en la universidad no se enseñan, o pero aún, se mal enseñan.
Fueron ellos quienes me enseñaron nociones básicas de anarquismo. Sí, si.
Mis gatos –todos- son anarquistas. Con el tupé de la libertad que los caracteriza, abofetearon mis preconceptos sobre propiedad privada que tan bien me habían enseñado. ¿MI cama? ¿MI sillón? ¿MI campera? ¿Pero quien me pensaba yo que era?
También me enseñaron que las fronteras nunca pueden estar limitadas por un tejido protector. ¿Qué, qué? ¿La terraza es DE mengano? ¿El árbol es DE sultana? ¿Y de quién es el rincón del sol, entonces? ¿Y el aroma del malvón rojo? ¿De quiénes?
De autoridad ni hablar. Si bien, por ser minoría humana, bordeamos los precipicios del gatocentrismo, aprendimos a convivir en libertad. Nos elegimos mutuamente. Nos encontramos en esta vorágine de la vida. No son MIS gatos, ni yo soy SU DUEÑA. SOMOS COMPAÑEROS DE RUTA, que compartimos circunstancialmente este devenir, este espacio y tiempo.
A lo mejor ellos no eligieron esta vida –me dicen algunos, la gente siempre opina- la verdad que los miro y veo que no la pasan nada mal. Pero de ser así, les aseguró que yo tampoco. Me refiero a elegir nacer, ser, existir.
A lo mejor nos una, también, este agnóstico disconformismo existencial.
Pero la verdad, no lo debatimos mucho tiempo, no. Lo solucionamos prontamente –en asamblea, claro- y de forma unánime, todos tirados al sol, patas para arriba .